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miércoles, agosto 10, 2005
Las Colinas de Aima
Mientras el Hombre de la Guerra continúa con su relato, no puedo dejar de mirar y maravillarme con el paisaje que éstas grutas ofrecen. Las paredes deben tener mucho de hierro porque están teñidas de un color rojo amarronado, igual que sus proyecciones de estalactitas y estalagmitas; nunca las había visto, son realmente particulares, es como si el suelo y el techo de la cueva se hubieran revelado a ser siempre de la misma forma. Hacia adentro el frío y la humedad hacen que salga vapor de mi boca, me gusta jugar con él; y más allá se oye el adormecedor ruido de un río subterraneo, quizás después intente encontrarlo. El Príncipe no era ajeno a todos los movimientos que ponían en riesgo su estabilidad, no es que tuviera la suficiente inteligencia para darse cuenta sólo (carecía de ella, de hecho su existencia, su sitial privilegiado, le había caído en gracia tan solo por estar en el lugar y en el momento indicado), pero siempre existe alrededor de quien posea el poder y mientras disponga de él, consejeros oportunos sabedores de las ventajas que un buen dato les puede ocasionar. Este había sido el caso de Charoc. Charoc, de este modo, se transformó de ser un informante en el encargado de formar un ejército adicto al Príncipe, las generosas arcas del principado estaban a su disposición y nunca fueron tan onerosos los guerreros contratados como aquella vez; naturalmente la fortuna de Charoc crecía, con cada nuevo soldado que se alistaba en el ejército. Como siempre ocurre en estos casos, se ofreció la libertad a todos los esclavos que peleasen por defender el trono del Príncipe y el futuro de la ciudad se había teñido de un definitivo color oscuro sin importar quién tuviese el triunfo final. Corsicarsa sabía esto último, pero pensaba que era necesario que todos sufrieran un poco para que el mañana empiece a clarear. Poco a poco, su ejército de improvisados crecía, aunque la falta de pericia en la guerra de estos nuevos soldados que hasta ayer eran labradores, se iba a pagar con sangre. El Hombre de la Guerra no estaba convencido de que esta fuerza a base de número y pasión fuera un buen camino, harían falta muchos cadáveres para abonar la tierra de la victoria y las lágrimas de viudas y huérfanos siempre son amargas, pero no tenía opción. Cuando marcharon hacia las Colinas de Aima para un último encuentro con los representantes de los Poderosos, Corsicarsa se aferraba como un niño caprichoso a la última posibilidad de una resolución medianamente pacífica del conflicto. Los Poderosos no concurrieron a la cita, a cambio, la fuerzas del Príncipe lo recibieron e hicieron prisioneros a toda la comitiva. Escrito por Faivel 12:09 a. m. #
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