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miércoles, diciembre 28, 2005
La venganza
El Hombre de la Guerra es tan elocuente en sus expresiones que cada parte del relato es capaz de introducirnos en él para vivirlo según sus sentimientos; su tono de voz había mostrado la tristeza y la desesperanza deshaciéndose poco a poco, como si cayera en un profundo pozo cuyo final era demasiado lejano como para conocerlo, por momentos había que acercarse para entender lo que apenas balbuceaba; ahora, en cambio, había empezado a hablar de odio y el odio no sabe de susurros, el odio grita y golpea con cada palabra. Y no era sólo su voz la que nos contaba, sus brazos lo acompañaban una fuerza grotesca en cada gesto y sus ojos que antes se entrecerraban como si quisieran dormir el olvido ahora estaban hinchados y abiertos con la mirada fija en otro lugar que no era éste. De vez en cuando nos sobresaltábamos cuando un puñetazo suyo pegaba contra las paredes frías de la cueva. Augusto había compartido con el Hombre de la Guerra mucho más que lo que el resto de las tropas sabían, fueron amigos en la niñez para luego separarse en los diferentes horizontes que habían elegido; pero cuando llegó la hora de la guerra, fue uno de los primeros que se puso a su lado para aguantar el chubasco sin importar el resultado. Nadie sabía su nombre, desde la juventud llevaba con él el apodo de Chancho y le quedaba tan bien a su cuerpo rollizo, a su rostro poblado de pelos y a su ropa sucia que bien podría haber cuidado puercos como vivido con ellos sin que hubiese diferencia. Era alto y fuerte como tres hombres y hasta el día de la masacre en las Grutas de Jario, llevaba una sonrisa permanente en la cara que a cada rato se convertía en carcajada de voz gruesa. Pero esa alegría se apagó para siempre, aquel día negro, su familia se acabó entre los gritos de horror de tantos otros mientras él marchaba bajo el comando de Perfus y nadie sabe bien cómo, desapareció apenas las noticias llegaron hasta Antela. Como si se hubieran estado esperando, Corsicarsa y el Chancho se encontraron con sus recuerdos, su amistad y sus odios compartidos, entonces fueron uno para hallar a aquel que llevaba en sus miserias las desgracias de ambos. Perfus y su escolta recorrían una vez al mes las escuelas militares, había una en la desembocadura del río, otra detrás de las montañas de la desesperanza y una más en las afueras de la ciudad principal; el tiempo y algunas ejecuciones les daban confianza y bajo su tutela andaban livianos. La montaña de la desesperanza, casualmente el lugar adonde nos dirigimos, era un buen sitio para esperar, para ansiar la llegada del traidor y hacia allí fueron los hombres y su venganza. Mientras Corsicarsa avanzaba con el relato, me permití suponer lo que vendría, una estrategia de guerrilla desde las sombras de la montaña que fuera aniquilando a los enemigos de a uno o un certero golpe desde lejos a la víctima escogida, pero me equivocaba y mucho. Corsicarsa y el Chancho cruzaron un enorme tronco en medio del camino y apoyaron un pie en él para esperar a la comitiva, cuando llegaron, sacaron sus espadas y las blandieron enceguecidos hasta que sólo quedo vivo el comandante Perfus, en ese momento tiraron sus espadas al suelo y comenzaron a golpearlo con pies y puños hasta mucho después que hubiese muerto, no hubo una sola palabra que acompañara o interrumpiera la ira. Como cuando se termina una feroz tormenta, lo que siguió fue el silencio que apenas ocasiona una brisa, la calma llegó a Corsicarsa que, nuevamente, bajó la voz para decir el último párrafo de su relato. ?ya estaba muerto, pero aún así, puse mis rodillas sobre el suelo quitándome las sandalias que repetida y furiosamente lo habían pateado hasta unos segundos antes, entonces tomé su cuello partido entre mis manos y sentí cómo la sangre todavía caliente caía por mis brazos, lo miré con un asco que quizás estaba sintiendo por mí, lo levanté y lo arrojé lejos con el deseo de que con él se fuera toda la historia. Y sin embargo, mi mayor pesar, era que no sentía remordimiento alguno. Levanté la cabeza, lo miré al Chancho que estaba sudado y sucio como siempre pero ésta vez con sangre y fue entonces cuando descubrí la carreta en la que una niña con menos tiempo del que yo podía contar con mis dedos, dormía; la tomé en brazos y me fui con la certeza de que ese suelo no debía ser pisado nunca más por mí y decidí cuidar a la última víctima inocente de ésta historia, la hija de mi enemigo?. No hubo más palabras, ni hacían falta, nos levantamos, encendimos el fuego y empezamos a preparar la comida de esa noche que, no sé por qué, tenía la sensación de que iba a ser muy fría. A la gente de Café Querétaro, especialmente a Isis y a Rafael por sus inexplicables vínculos a ésta página que tanto me halagan. Escrito por Faivel 12:28 a. m. #
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Comments:
Gracias Chairman; y sí, todo lo que aparece en éste blog lo escribí yo, me alegra que te haya gustado. Un abrazo.
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Salú. |
Faivel...
(y sus encuentros): Desde la primera hasta la última huella del Caminante la rastreas por aquí |