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lunes, febrero 20, 2006
Horizontes de piedra
Sé, porque yo mismo las he recogido, que las maderas que echamos al fuego esa noche estaban tan secas como la sed vieja, pero no parecía así, no se escuchó ni un estallido que se colara en el silencio que el final del relato de Corsicarsa nos había dejado y ni las niñas, ajenas a todo ello, parecían tener ganas de dejar revolotear sus picardías. La carne asada acompañó fielmente el espectáculo, carecía de sabor y la metíamos en nuestra boca como un acto reflejo. Un rato más tarde todos se habían dormido mientras yo seguía sintiendo el aire pesado y maloliente y el sueño débil; entonces, saqué la vieja pipa que tenía abandonada en el fondo del morral y salí de la cueva para respirar mejor. La noche estaba fresca y nada se interponía entre un cielo avasallado de estrellas y mi soledad, pero mi mente estaba ausente y mi mirada se distraía con las pequeñas brasas del tabaco en la pipa. La Señora del Cofre se acercó y sin que yo hubiese alcanzado a notarla, se sentó a mi lado apoyando su cabeza sobre mi hombro. Así fue que nos encontró la mañana cuando nos levantamos para estirar un poco el sueño dentro de la cueva y acomodar los huesos doloridos de incomodidad. El día siguiente se mantuvo igual de silencioso, mientras caminábamos podíamos sentir el crujir de las hojas debajo de nuestros pies y el correr susurrante del agua que se hacía murmullo en los saltos. Las únicas que mantenían el vigor de siempre eran las Vírgenes y la Niña de Ojos Tristes que corrían delante nuestro sin que sus pies tocasen el suelo. Cuando el paisaje comenzó a vestirse de agua seca y piedras opacas, la Montaña de la Desesperanza se alzó ante nuestros ojos como si nos hiciera una reverencia. Era tan imponente que insinuaba un final, no era posible imaginarse algo detrás de ella y todo lo que la rodeaba parecía una alfombra tendida a sus pies. En ese paraíso de piedra nos esperaba el hombre del cual nos había hablado Mirzam; era pues nuestro destino próximo y hacia allá emprenderíamos la marcha final después de una última noche con nuestros compañeros de viaje. Ellos y los misterios que aún no se habían develado, continuarían su camino rumbo a la Ciudad de los Secretos. Quizás el futuro nos vuelva a encontrar allí o tal vez no; sólo la escultura de piedra que teníamos en nuestro porvenir, nos permitiría asomar la cabeza hacia el paisaje de nuestro futuro. Escrito por Faivel 11:03 p. m. #
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